Una de las cosas que más desea una persona tener por seguro, es su trabajo, su fuente de ingresos y por lo tanto de estabilidad; y por su parte, las empresas, lo que mas buscan tener seguro, es su personal, contar con personas capaces y confiables en toda la amplitud de estos términos. Más aún en estos tiempos de crisis, en que queremos tener la mayor estabilidad y productividad posibles.
Esto entonces, debería provocar una reciprocidad casi perfecta en nuestros puestos de trabajo, ya que si yo espero algo que mi empresa me da, yo también le entrego lo que espera de mí.
Ahora, ¿por que esto no pasa en la práctica?
Es extraña esta situación, más aún pensando en que todas las promesas, deberes y beneficios que existen se suponen quedan plasmados en unas cuantas hojas impresas, a las que llamamos contrato, y firmamos ambas partes de mutuo acuerdo.
Podemos encontrarle una explicación si además de conocer a cerca de la existencia de este contrato totalmente tangible y legal, tomamos en cuenta la existencia de un segundo acuerdo, al que se le ha llamado “Contrato psicológico”.
Esto tiene sentido, cuando alguien ingresa a algún puesto de trabajo, a pesar de establecer algunos parámetros básicos y citar algunos deberes y derechos legales en el contrato oficial, se establecen muchos otros aspectos como las proyecciones, el trato, las relaciones interpersonales, los desafíos y tantas otras variables que conformaran este implícito contrato. Esto definirá 100% la actitud que tendrá la persona frente a su puesto de trabajo, y por lo tanto el nivel de motivación frente a cada una de las tareas que deba realizar.
Otra característica de este contrato es que a diferencia del Legal, este es flexible y puede ir cambiando para bien o para mal a medida que la relación laboral se va desarrollando. Puede ser que una persona que comenzó sus labores sin ninguna expectativa, logre un nivel de motivación y crecimientos mayor al esperado, o al contrario, alguien muy entusiasta en un comienzo, al poco tiempo deje su proactividad, para tomar un ritmo lento y desganado. Esto será, muchas veces, consecuencia de los “estímulos” que la empresa vaya entregándole directa o indirectamente, los que no necesariamente se traducen en dinero, si no también en expectativas, proyecciones en general y la concreción de estas. Si por el contrario, estos estímulos no son enviados, y las promesas no se hacen efectivas, se provocará inmediatamente una fisura en este lazo (mas determinante que el contrato legal), que podría causar un radical cambio en la actitud, disposición, fidelidad e incluso productividad de la persona.




Una respuesta para "El lazo entre mi empresa y yo."
0:41 on Febrero 10th, 2009
Interesante. No sabía que existía una definición explicita del “Contrato psicológico”.