Todos sin excepción, me atrevo a decir, hemos hecho recursivo el poder de otros para conseguir algún beneficio propio o para terceros. Esto que llamamos “Pitutos”, es parte de nuestra cultura y parte de nuestra antropología, nuestro primitivismo ancestral o instinto de sobre vivencia y perpetuidad.
Para conseguir un trabajo por ejemplo, pensamos primero en quien conocemos que “corte el queque” y luego vemos factibilidad y si no, abortamos. Si nos sacan un parte, pensamos en quien tiene un amigo carabinero para pedirle “que nos saque el parte”, situación difícil en estos días. Si vamos a una disco, pub o restorán, se nos pasa por la mente si conocemos al dueño o al garzón, para el famoso “descuentito” y de pasada quedar bien con los amigos y con el locatario (Por lo que me han contado). Si vamos a hacer cualquier trámite que involucre filas y tiempo de espera, pensamos en el “amigo” guardia, cajero o administrativo que nos salte varios eslabones de la cadena y así lograr nuestro cometido en un tiempo corto y sin sobresaltos.
¿Pero porqué nos ocurre esto? Nuestra evolución cultural como país, ha generado este estereotipo de pensamiento “chilensis”, que genera una cadena de favores y canjes de voluntades para salir airosos de nuestras respectivas actividades cotidianas o será ¿que la globalización de la comodidad nos hace recurrir más al control remoto con otros y mover menos los pies? Podrá ser además ¿que tenemos desarrollado un sentido del emprendimiento medio deformado por estos días?
Creo que todo el cuestionamiento anterior puede caber dentro de una resultante racional. Pero lo que es real es que valoremos mucho más las influencias que tenemos o los llamados “seudo amigos” y no realcemos nuestras capacidades, para alcanzar por sí mismos nuestras metas. Que los pitutos le den mayor valor agregado al éxito de nuestras gestiones y sea a través de ellos, que logremos aplausos e hinchemos el pecho un 100% por el 50% de lo que realmente hicimos.




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